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Álvaro López Tejada es ciertamente uno de esos jóvenes artistas que nos recuerdan que no hay que olvidarse de la pintura, que es en ella donde aún encontramos la distancia y el acercamiento necesarios para asimilar  la realidad y el mito.

Este artista parte de principios que desarrolló en sus años de formación académica en la facultad de Bellas artes de Salamanca, pero ya en esta exposición, su primera individual, se aleja de cualquier virtuosismo con el pincel y asume el reto de la libertad formal. Tampoco recurre a estímulos externos o la memoria nemotécnica; demuestra mucha generosidad al atreverse a filtrar de forma activa las evocaciones que encuentra. Su pintura es técnicamente descarnada, pero está plagada de sutilezas en cuyos procedimientos no se recurre a la mera revisión sino a la sensación. Pueden percibirse velados  paisajes y livianas composiciones geométricas, pero los motivos no se circunscriben a composiciones o lugares, remiten ante todo a intensidades de la percepción.

Los trabajos que ha realizado le han permitido jugar con conceptos contrapuestos: autenticidad y evocación, geometría y  naturaleza, representación y ausencia. Tal vez sus construcciones no ofrecen aspectos puramente “agradables”, frecuentemente las superficies acaban en oxidaciones o texturas agrestes, otras piezas constituyen una reflexión hiriente sobre el paso del tiempo, pero todo tiene una  enorme presencia física que resulta de una levedad y de una ironía instantáneas.

En ocasiones, un paisaje sin apenas concreción muestra tanto, que en su apariencia casi todo esta a la vista. Las obras de Pollock o Turner son ejercicios pictorialistas perturbadores, lo que vemos en ellos es todo y poco, pero es lo bastante como para preguntarnos porque aquello nos deja a la deriva. Ese planteamiento interrogador persiste también en estos cuadros, su veracidad va mas allá de lo que representan.

Está claro que a este artista no le bastan los estímulos externos, su pintura media entre lo percibido y la propia obra. Hay en ella referentes intemporales, afectos que se corresponden con ciclos y temáticas legendarias: el aire, la luz, el agua, al manipularlos según sus propios recursos López Tejada les hace pasar a través  de los filtros del nuevo constructor. Junto con sus pinturas aglutina materiales experimentales como barnices de caucho, fibra de vidrio o polietileno, enfrentándolas a cambios, en ocasiones imprevisibles, que de uno u otro modo terminan por asumir la naturaleza del autor, que es lo que finalmente prevalece en todas estas obras.

José Luis Pajares

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